domingo, 13 de febrero de 2011

Este amoroso tormento de Sor Juana


Este amoroso tormento
que en mi corazón se ve,
se que lo siento y no se
la causa porque lo siento


Siento una grave agonía
por lograr un devaneo,
que empieza como deseo
y para en melancolía.

y cuando con mas terneza
mi infeliz estado lloro
se que estoy triste e ignoro
la causa de mi tristeza. "


Siento un anhelo tirano
por la ocasión a que aspiro,
y cuando cerca la miro
yo misma aparto la mano.
Porque si acaso se ofrece,
después de tanto desvelo
la desazona el recelo
o el susto la desvanece.

Y si alguna vez sin susto
consigo tal posesión
(cualquiera) leve ocasión
me malogra todo el gusto.

Siento mal del mismo bien
con receloso temor
y me obliga el mismo amor
tal vez a mostrar desdén.




A una joven bajo un verde laurel de Petrarca

Vi más blanca y más fría que la nieve 
que no golpea el sol por años y años;
y su voz, faz hermosa y los cabellos
tanto amo que ahora van ante mis ojos, 
y siempre irán, por montes o en la riba.

Irán mis pensamientos a la riba
cuando no dé hojas verde el laurel; 
quieto mi corazón, secos los ojos,
verán helarse al fuego, arder la nieve: 
porque no tengo yo tantos cabellos
cuantos por ese día aguardara años.

Mas porque el tiempo vuela, huyen los años
y en un punto a la muerte el hombre arriba, 
ya oscuros o ya blancos los cabellos,
la sombra ha de seguir de aquel laurel 
por el ardiente sol y por la nieve,
hasta el día en que al fin cierre estos ojos. 

No se vieron jamás tan bellos ojos,
en nuestra edad o en los primeros años, 
que me derritan como el sol la nieve:
y así un río de llanto va a la riba
que Amor conduce hasta el cruel laurel 
de ramas de diamante, áureos cabellos.

Temo cambiar de faz y de cabellos
sin que me muestre con piedad los ojos 
el ídolo esculpido en tal laurel:
Que, si al contar no yerro, hace siete años 
que suspirando voy de riba en riba,
noche y día, al calor y con la nieve.

Mas fuego dentro, y fuera blanca nieve,
pensando igual, mudados los cabellos, 
llorando iré yo siempre a cada riba
por que tal vez piedad muestren los ojos 
de alguien que nazca dentro de mil años;
si aún vive, cultivado, este laurel.

A oro y topacio al sul sobre la nieve
vencen blondos cabellos, y los ojos 
que apresuran mis años a la riba.



No entres dócilmente en esa noche quieta de Dylan Thomas

No entres dócilmente en esa noche quieta.
La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día;
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.

Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa,
porque sus palabras no ensartaron relámpagos 
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los buenos, que tras la última inquietud lloran por ese brillo
con que sus actos frágiles pudieron danzar en una bahía verde
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Los locos que atraparon y cantaron al sol en su carrera
y aprenden, ya muy tarde, que llenaron de pena su camino
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los solemnes, cercanos a la muerte,
que ven con mirada deslumbrante
cuánto los ojos ciegos pudieron alegrarse
y arder como meteoros
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Y tú mi padre, allí, en tu triste apogeo
maldice, bendice, que yo ahora imploro
con la vehemencia de tus lágrimas.
No entres dócilmente en esa noche quieta.
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.


fuente: Elizabeth Azcona Cranwell, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1974

Simultaneidades de Apollinaire

Simultaneidades

De noche truenan los cañones
Diríanse olas tormenta
De corazones apenados
Dolor que siempre se repite

Mira acercarse de allá lejos 
Los primeros Hora dulce
En ese gran estruendo sordo
Muy bajo muy bajo que aumenta

Tiene su casco entre las manos
Para saludar al recuerdo
De lirios rosas y jazmines
De los vergeles de mi Francia

Y con el capote y la máscara
Piensa en cabellos de azabache
Pero quién lo espera en el muelle
Oh vasto mar de sombras malvas

Bellas nueces del nogal vivo
La locura en vano os varea
Morenita escucha el gorjeo
Del herrerillo sobre tu hombro

Nuestro gran amor es un rayo
Que un proyector del corazón
Envía hacia su propia ardencia
Que se erige en el alto Faro

Oh faro-flor de mis recuerdos
Trenzas negras de Madeleine
Atrozmente los fogonazos 
Añaden su resplandor brusco
A tus ojos oh Madeleine



fuente: versiones de Agustín Bartra, México, Joaquín Mortiz, 1967, p.309.


Soneto X



Soneto X 


¡Oh dulces prendas por mí mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería,
juntas estáis en la memoria mía
y con ella en mi muerte conjuradas!


¿Quién me dijera,cuando las pasadas
horas en tanto bien por vos me vía,
que me habiades de seren algún día


con tan grave dolor representadas?





Pues en una hora junto me llevastes


todo el bien que por términos me distes,


lleváme junto el mal que me dejastes;





Si no, sospecharé que me pusistes 


en tantos bienes porque deseastes


verme morir entre memorias tristes.










viernes, 11 de febrero de 2011

Canción de otoño en primavera de Pablo Neruda

CANCIÓN DE OTOÑO EN PRIMAVERA


Juventud, divino tesoro, 

¡ya te vas para no volver! 

Cuando quiero llorar, no lloro... 

y a veces lloro sin querer... 




Plural ha sido la celeste 

historia de mi corazón. 

Era una dulce niña, en este 

mundo de duelo y de aflicción. 




Miraba como el alba pura; 

sonreía como una flor. 

Era su cabellera obscura 

hecha de noche y de dolor. 




Yo era tímido como un niño. 

Ella, naturalmente, fue, 

para mi amor hecho de armiño, 

Herodías y Salomé... 




Juventud, divino tesoro, 

¡ya te vas para no volver! 

Cuando quiero llorar, no lloro... 

y a veces lloro sin querer... 




Y más consoladora y más 

halagadora y expresiva, 

la otra fue más sensitiva 

cual no pensé encontrar jamás. 




Pues a su continua ternura 

una pasión violenta unía. 

En un peplo de gasa pura 

una bacante se envolvía... 




En sus brazos tomó mi ensueño 

y lo arrulló como a un bebé... 

Y te mató, triste y pequeño, 

falto de luz, falto de fe... 




Juventud, divino tesoro, 

¡te fuiste para no volver! 

Cuando quiero llorar, no lloro... 

y a veces lloro sin querer... 




Otra juzgó que era mi boca 

el estuche de su pasión; 

y que me roería, loca, 

con sus dientes el corazón. 




Poniendo en un amor de exceso 

la mira de su voluntad, 

mientras eran abrazo y beso 

síntesis de la eternidad; 




y de nuestra carne ligera 

imaginar siempre un Edén, 

sin pensar que la Primavera 

y la carne acaban también... 




Juventud, divino tesoro, 

¡ya te vas para no volver! 

Cuando quiero llorar, no lloro... 

y a veces lloro sin querer. 




¡Y las demás! En tantos climas, 

en tantas tierras siempre son, 

si no pretextos de mis rimas 

fantasmas de mi corazón. 




En vano busqué a la princesa 

que estaba triste de esperar. 

La vida es dura. Amarga y pesa. 

¡Ya no hay princesa que cantar! 




Mas a pesar del tiempo terco, 

mi sed de amor no tiene fin; 

con el cabello gris, me acerco 

a los rosales del jardín... 




Juventud, divino tesoro, 

¡ya te vas para no volver! 

Cuando quiero llorar, no lloro... 

y a veces lloro sin querer... 

¡Mas es mía el Alba de oro!


Poema 14 de Pablo Neruda

Poema 14




Juegas todos los días con la luz del universo. 

Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua. 

Eres más que esta blanca cabecita que aprieto 

como un racimo entre mis manos cada día. 



A nadie te pareces desde que yo te amo. 

Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas. 

Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur? 

Ah déjame recordarte cómo eras entonces, cuando aún no existías. 



De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada. 

El cielo es una red cuajada de peces sombríos. 

Aquí vienen a dar todos los vientos, todos. 

Se desviste la lluvia. 



Pasan huyendo los pájaros. 

El viento. El viento. 

Yo sólo puedo luchar contra la fuerza de los hombres. 

El temporal arremolina hojas oscuras 

y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo. 



Tú estás aquí. Ah tú no huyes. 

Tú me responderás hasta el último grito. 

Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo. 

Sin embargo alguna vez corrió una sombra extraña por tus ojos. 



Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas, 

y tienes hasta los senos perfumados. 

Mientras el viento triste galopa matando mariposas 

yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela. 



Cuanto te habrá dolido acostumbrarte a mí, 

a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan. 

Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos 

y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes. 



Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote. 

Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado. 

Hasta te creo dueña del universo. 

Te traeré de las montañas flores alegres, copihues, 

avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos. 



Quiero hacer contigo 

lo que la primavera hace con los cerezos.